Diálogos

Hay diálogos que te hacen llorar. Los hay que te hacen reír. Y otros, sencillamente, te hacen reaccionar.

He aquí el diálogo que he creado a raíz de este fascinante y controvertido tema:

R: Sé que te has emocionado viendo la película… Dime cuál es tu sueño.

I: No quiero, de verdad, déjame; tengo miedo.

R: ¿De qué?

I: De soñar, de pensar en un sueño. En ese sueño. Ya lo he hecho y no es agradable. Lo es al principio, cierto, pero no después de un tiempo. Me conozco y sé que cuando dibujo en mi mente un sueño, uno verdadero, luego tengo que luchar por ello, no puedo evitarlo, si no siento que estoy traicionando a mi fuero interno.

R: ¡Tampoco has de ser esclavo de tus sueños! Pero esta vez no voy a juzgarte, lo prometo. Y nadie tiene por qué saberlo. Es “peligroso” soñar, en eso estoy de acuerdo. Pero tú eres valiente, me lo has repetido y demostrado muchas veces. Así que, adelante. Piénsalo un momento. Mejor, no lo pienses, cierra los ojos y siéntelo.

I: ¿Que tú no vas a juzgarme? Eso no me lo creo.

R: Lo prometo. Dímelo, por favor, quiero saber cuál es tu verdadero sueño. Quiero que lo digas en voz alta. Quiero ayudarte, si puedo.

I: De acuerdo… [breve pausa]. Me gustaría ser escritor. Ya está, ya lo he dicho. Pero me avergüenzo solo de pensarlo, de decírtelo. De decírmelo siquiera a mí mismo.

R: Es un gran sueño, sin duda. Es hermoso, ¡grandioso!

I: Es demasiado grande, ¿verdad?

R: Sí… ¿para qué engañarnos? ¿Cuánta gente vive realmente de ello? Y mientras tú te dedicas a intentar cumplir tu sueño, ¿de qué vamos a vivir? Perdona, dije que no te juzgaría. Pero ¿cuál es realmente el problema: que te angustia el desconocer si alguna vez se hará realidad o, por el contrario, si tú serás capaz de hacerlo realidad? ¿O ambas opciones?

I: No lo sé. No quiero pensarlo. Lo he intentado hacer realidad, fuera de mi mente, ya sabes, en el mundo “real”, pero no encuentro el camino. No sé qué más pasos tengo que dar, si es que procede dar alguno más, y no sé si quiero seguir desnudando mi alma de forma gratuita –nunca mejor dicho–.

R: ¿Y esa coletilla? ¿Qué tiene que ver el dinero con tu sueño?

I: Digamos que existe una relación entre ambos. Es así, y me da cierto pudor reconocerlo, pero si no puedo vivir de ello nunca me consideraría escritor. Según la RAE, “escritor” es tanto la persona que escribe (en general) como el autor de obras escritas o impresas, pero para mí el hecho de escribir, mejor dicho, el hecho de ser escritor, está íntimamente ligado a una profesión y, por tanto, el dinero –por mucho que desprecie incluir dicho término en este contexto– es tan protagonista como yo en todo esto. El dinero de los demás, claro está. Con lo cual, el resto de la gente, me guste o me disguste, tiene tanto que ver en la realización de mi sueño como yo. ¿No te resulta un tanto paradójico? A mí sí. Al final todo depende –aparte de mi talento para componer textos interesantes y presentarlos de la forma más hermosa u original posible–, del número de personas que consideren que merece la pena pagar por leer lo que yo pienso, lo que yo siento. Y no es porque considere vital el transmitirles lo que pienso, lo que siento, pero quiero hacerlo, y sé que puedo hacerles pensar y sentir, y eso es tan valioso como para seguir luchando por ello. ¿No estás de acuerdo?

R: Por supuesto, es una noble misión, un gran reto. Pero, insisto, es muy difícil de llevar a puerto. Parece obvio el afirmar que para ser escritor son condiciones sine qua non saber escribir y hacerlo de una forma interesante, pero ambos hemos leído obras impresas que acusaban una gran mediocridad. Y, ¿qué hay más allá de todo eso? ¿Qué más se requiere? Te lo pregunto porque tal vez tú conoces la respuesta. Te sientes frustrado, ¿verdad?

I: Sí, ya te lo he dicho, prefiero no pensar en ello. No quiero hacerme daño con un pensamiento tan hermoso, mientras la realidad se empeña en recordarme cada día que no se cumple, que no se está cumpliendo y que no sé si jamás se cumplirá. Nunca he llegado a tocarlo; hasta ahora no ha ocurrido nada que me impida pensar que no voy a ser una de esas poquísimas personas increíblemente afortunadas de poder vivir de su gran pasión, de su sueño. Y eso duele, eso duele muchísimo.

R: Pero ¿qué has hecho tú al respecto?

I: Pues he presentado poemas y microrrelatos a distintos concursos, me he formado, he contactado con todas las personas de mi entorno que podrían tener alguna influencia en el mundo literario –poquísimas, la verdad–, he enviado innumerables currículums para poder trabajar como escritor y nada… Desde que gané un concurso literario con diecisiete años, no ha ocurrido nada. ¿Cuántos tengo que enviar, cuántos son suficientes para que sea razonable el pensar que algún día me voy a poder ganar la vida como escritor? ¿Cuántos antes de tirar la toalla y hacerte caso cuando me dices que no puedo seguir así? También soy consciente de que no soy el único librando esta batalla. No es fácil para mí ni para nadie.

R: Yo tampoco sé ya qué decirte, yo también estoy cansado, tanto de criticarte como de decirte lo que tienes que hacer. Ya no sé si es mejor ignorarte, tal como sueles hacer tú conmigo.

I: En fin, no vayamos a discutir otra vez por esto.

R: Estoy de acuerdo.

I: Yo tuve un blog, ¿recuerdas?

R: Sí, claro. Reconozco que durante un tiempo hiciste un buen trabajo, al menos a mí me gustaba mucho, por mucho que no fuese rentable, pero te hacía muy feliz. Bueno, yo a veces te machacaba un poco con el número de visitas o me agobiaba el hecho de que desvelaras determinados pensamientos. Pero, al margen de eso, estabas tan orgulloso… ¿Por qué lo dejaste?, ¿por qué escribiste solo durante unos cuantos meses?

I: Pensé que era tiempo suficiente para ver si producía un efecto notable en el público, en los lectores, pero no fue así. Tuvo un éxito muy comedido –del que estoy inmensamente agradecido–, pero no me pareció suficiente. Ya sabes que en ocasiones soy muy extremista, especialmente en temas que atañen al ego.

También lo aparqué porque empecé a escribir un relato, de terror, el más largo que he escrito jamás. En verdad, durante ese tiempo sí me sentía como un auténtico escritor, disfrutaba de esa sensación, por irreal que fuese. Sin embargo, lo he presentado a dos concursos –dos de cierto prestigio, como tú me aconsejaste– y no debía de ser tan bueno como yo creía o como me hicieron creer muchos de los pocos que lo leyeron. Tal vez tenga que enviarlo a doscientos concursos para ganar uno… ¡yo qué sé! Son tantas las preguntas sin respuesta que, durante un tiempo, he preferido dejar de hacérmelas para olvidarme de que desconozco la solución y que la incertidumbre, aparte de ser emocionante, puede resultar realmente descorazonadora con el pasar y pasar del tiempo sin luz.

R: Yo no sé si se va a hacer realidad tu sueño. ¡Ojalá! Qué más desearía yo que verte saltar, llorar y gritar de alegría un día. Y yo poder vivir relativamente tranquilo durante el resto de mi vida, sin tener que preocuparme de la falta de seguridad, la reputación, el dinero y el estilo de vida. Qué no daría yo porque se hiciera realidad tu sueño. Pero yo tampoco sé cómo se alcanzan esas cosas ahí fuera. No conozco las reglas. Y si interfieren magia y fortuna, también lo ignoro. Tú no puedes desfallecer. Si tú desfalleces estamos perdidos.

I: Te lo agradezco, de corazón. Tus palabras son el aliento que necesitaba. Yo también te necesito, necesito tu apoyo en todo esto. Si me machacas y me presionas, no puedo… Pero ya hemos hablado por demás de este tema. Estoy cansado. Si no te importa, lo retomamos otro día.

R: ¿Cuándo? ¿Sabes cuántas veces me has dicho eso?

I: Ya lo sé, pero ¿qué quieres que haga? ¿Crees que por más que hablemos de ello voy a convertirme en un escritor de éxito?, ¿o en un escritor, siquiera?

R: Bueno, no te alteres, no hay por qué. Sé que es un tema delicado y lo último que pretendo es hacerte sufrir. Pero, no haciendo nada al respecto, sabes que estás enmascarando la realidad, la tuya, que es la más importante del mundo: ¡tu realidad, tu vida, tu sueño!

I: Lo sé, sé que tienes razón. Pero, por favor, hoy no quiero hablar más de ello. Prometo llamarte pronto y seguir divagando sobre el tema. Es que no entiendo para qué he nacido con esta capacidad para pensar y sentir si no puedo sacarle provecho. ¿Qué sentido tiene? Tanto pensar…, tanto sentir… ¿para qué? ¿Qué hago, qué hago con todo esto? ¡No hay sitio aquí dentro para todo esto! Y si no he nacido para ser escritor, a pesar de que sea lo que yo creo, ¿entonces por qué demonios lo pienso? La naturaleza es muy compleja. De veras, más que yo. Más que nosotros. ¿Cómo voy a saber yo, perdón, cómo va a saber el hombre para qué ha nacido si nadie se lo dice? ¿Y por qué tenemos siquiera ese pensamiento tan profundo, tan intenso, si no existe una respuesta? Entiendo que la respuesta, si acaso, la tendremos cuando consigamos el objetivo, nuestro propósito en la vida, pero si nunca lo alcanzamos nos pasaremos el resto de nuestra existencia sabiendo que no estamos en el lugar correcto, en el camino adecuado, o esforzándonos al máximo para no pensar en ello, para no ser conscientes de la futilidad de la vida y del paso irremediable del tiempo. Es un laberinto perfecto. Eso es la vida. No sé, prefiero quitarle cierto peso y pensar que no es importante si mi sueño se hace o no se hace realidad, que la humanidad no se pierde nada si yo no soy escritor.

R: Bueno, no te falta razón en muchas cosas y, a pesar de tus quejas, admiro que después de todo este tiempo aún albergues la esperanza de que se haga realidad. Yo ya estoy un poco cansado, ya lo sabes, de esta incertidumbre y estilo de vida tan inestable. Pero te admiro, eres muy fuerte y resistente. Y te diré más, he sido consciente recientemente –y es curioso que sea yo quien lo mencione–, de que después de muchos años de conflicto hemos llegado a un punto de equilibrio. Hemos encajado nuestras piezas. Yo te escucho y, ahora, te respeto. Tú me escuchas y me comprendes. Debemos estar unidos en esto, si no, no lo conseguirás jamás. Solo te falta unir las piezas que están ahí fuera, ¿te das cuenta? Y, aunque muchas veces te lo niegues, en el fondo, tú sabes lo que debes hacer, a pesar de todo y de todos.

I: Ah, ¿sí?, ¿el qué?

R: ¿No quieres ser escritor? ¡¡Pues escribe, joder!! Ya me haces hasta jurar…

I: No sé si ya quiero o no quiero, no sé sobre qué escribir, no sé lo que le interesa realmente a los demás, lo que valoran… En realidad no sé si tenemos mucho en común y no quiero perder el tiempo ni hacérselo perder a ellos.

R: ¿Otra vez con ese patético pesimismo? ¡Escribe y deja de decir tonterías!

I: ¡¡Ya estoy escribiendo!! ¿O no lo ves?

R: Cierto. Al menos has escrito esto.

                               Fin

Personajes:

R: parte racional/realista del cerebro

I: parte intuitiva/idealista del cerebro

Fitzroy Chevalier (I + R)

 

Diálogo inspirado en la película La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y la teoría de los dos cerebros (Platón, s. V-IV a.C.).

3 pensamientos en “Diálogos

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