Madre de todas las miserias

¿Cuántos la tienen sin saberlo por mejor amiga o habita en sus cuerpos como una célula arácnida corrosiva?

Invidia, fresco de Giotto, Padua

Carcome y derriba todo aquello bueno que vibra. Ella todo lo desmiembra, pisa y arrasa sin piedad. Es ignorante, muy ingrata y mezquina. Todo lo quiere para sí, todo, para alimentar su red de patrañas y mentiras. Es un demonio desbocado que no tiene bandera, linaje ni ruta definida. Ella es omnívora, no hace ascos a ningún sexo, se reproduce de forma independiente –si bien depende de una relación comparativa*–, pone huevos donde gusta y recoge fervorosamente toda la porquería que siembra. Es madre de todas las miserias.

¡Qué desgraciada! No por sus cualidades temibles y el halo que tristeza y bajeza que se cierne sobre su corona de espinas, sino por la inconsciencia de su estado, de su ser, de la inmundicia que inunda su útero.

¡Y cuán maldita está! Aquellos a quienes toca envía a la misma tumba en vida. Los consume poco a poco, los vacía, viven sin vivir en sí, mastican y mascullan, pero no tragan: ¡vomitan!

Permítanme que les presente a una pecadora que sobrevive impune desde el principio de todos los tiempos: la envidia.

Ella es principio y fin –en sentido teleológico– de la infelicidad. No se sabe si la amargura empieza en ella o con ella acaba, si es fruto de las serpientes del mal o si las serpientes del mal manan convulsas a su paso.

Mas hay recónditos paraísos donde ella no arriba, no tiene presencia ni cabida: aquellos en los que predominan la bondad y la alegría. Ella se descompone entera ante el poder desmesurado de la humildad.

Y no se llamen a engaño, la envidia no es hija de la desigualdad y la injusticia natural o social –a pesar de que quienes son víctimas de ella lo creen fervientemente–, sino de la mediocridad, la ingratiud y la pobreza: de espíritu, claro está.

La envidia… ¡Qué gran diosa! Bien merece unas letras mayúsculas para resaltar los poderes innobles que la califican y los hechizos a que somete a quienes toca y mira. Pero no se las debo dar, no se las daré, no sea que se crezca en el papel y trepe por la pluma hasta llegar a mí.

No se acerquen nunca a ella, que es pegadiza. No la contemplen, no la toquen, no dejen que se extienda más, que esta noble nación está comatosa a causa del influjo de su ira.

 

Fitzroy Chevalier

*Relación comparativa inverso-negativa: Dícese de la relación entre dos invididuos, ya sea personal o inexistente, basada en la comparación obsesiva, en que el primero desea algo o todo aquello de lo que goza el segundo y sobre lo cual el primero se siente en insultante desventaja. El primero, comúnmente llamado “envidioso”, tiene pleno convencimiento (irracional) de que, en caso de poseer aquellos bienes, privilegios o atributos –cualquiera que sea la naturaleza de los mismos–, sería más dichoso y más justa la vida, siempre en perjuicio del segundo, también llamado “envidiado” o “malquerido”, ya que para que se dé verdadera dicha en el envidioso (si tal hipótesis fuera factible), habrían de desaparecer las virtudes y cualidades del segundo o, en casos extremos, habría de desaparecer el segundo por completo.

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