La sala de espera

Allí iban llegando todos, una mañana cualquiera de febrero en Little Venice. Las dos menos diez; raro en mí que llegara con suficiente antelación. La sala vacía, ¡qué maravilla! Hacía un día precioso, de esos que alegran el alma, con una brisa muy fría que refrescaba mi mente y un sol que me devolvía a la vida. El cielo estaba completamente despejado, desvelando un azul límpido y calmante.

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